lunes, 9 de junio de 2014

Detrás de la ventanilla





“…como sombras
sobre las palabras,
acechan,
devoran los minutos
en las horas muertas,
 (…)
en la oscuridad eterna”.
RSM


Óleo de Vicente Bonachea

La muchacha tenía dibujado un gesto de amabilidad completamente nuevo, recién maquillado. Quizás los ojos era la única verdad que podría descubrirse en aquel rostro esforzado en el supremo intento de no parecer ajeno, indiferente como lo haría cualquier mascota, a pesar de la angustia o el cansancio, frente a su dueño.
_ Me pregunta la señora cónsul…, disculpe, dice que le pregunte ¿Por qué quiere morir en JJ?
_ No lo sé, respondí. Es la primera vez que me lo preguntan. Además nunca he estado en ese lugar. Me han contado que es hermoso. Solo quisiera ir y tal vez morir, pero no ahora…, sino después. Creo que tardaré años para dejar de respirar…, no lo sé... Respondí un tanto confundido por la interrogante no esperada. Todo debería ser normal…, una entrevista de rutina…, algo así…no lo sé…
_ No es tan simple. Espere un momento, le preguntaré.
La vi entrar por el estrecho pasillo y regresar pasados tres minutos.
_ Dice que le pregunte (esta vez parecía un poco inquieta) si ¿…usted pretende realizar algún trabajo en particular, escribir un testimonio sobre quienes viven allí…?
Hizo un gesto para sonreír y observé que se cuarteó el maquillaje muy cerca de la comisura de los labios y otro tanto se agrietó, debajo de las pestañas, sobre los pómulos.
_ No los conozco a los residentes de ese lugar, quizá tendría la oportunidad... Además puede decirle que no sé a quién pudiera preguntarle cómo debo morir, si lo haré allí…, y si tendrán algún sitio para mí. Sé que es un lugar grande, hermoso. No será tan difícil que me acepten. Además no estaré solo…
_ Espere un momento, por favor.
Volvió al túnel y cinco minutos después regresó un tanto alarmada. Sus parpados querían hablar más que la boca y sus cejas hacían extrañas contorciones de advertencias, como si intentara comunicarse en una especie de variante de la clave morse.
_ Dice que si usted realizará algún reportaje…, fotografías, entrevistas… ¿Qué..., cuál es su propósito allí…? Además eso de morir, en aquel lugar, le pareció demasiado. Explicó que sería mucho tiempo…
_ No sé…, nunca he realizado fotografías después de muerto…,
Fue entonces que comprendí: estaba siendo entrevistado y de hecho negado. Lo supe cuando la coterránea intérprete reconoció que no podría hacer más señas y soltó la andanada de condiciones imposibles de cumplir para hacer aquel viaje a la Patagonia. Ya nada quedaba de su cosmético, ni siquiera un intento de la matutina sonrisa. La jornada había avanzado lo suficiente para que exhibiera su real fisionomía y, por mi parte, comprendiera lo infructuoso de aquel intento de recorrer el Sur.
Extendió un largo formulario y convertida en el Joker, de ciudad gótica, observé una súplica en su mirada, fue la única de las señales que pude descifrar: ¡Usted no clasifica, así de simple!
_ Miré, cuando ella dice No, es No. Será difícil que cambie de parecer. Mientras sea la cónsul no creo que usted pueda cumplir su sueño de morir en JJ.
Tomé el pliego de documentos en mis manos. Recordé mis tiempos de la Universidad cuando me disponía a realizar un examen, solo que (esta vez) ya estaba suspenso.
_ ¡¿El próximo?! , dijo la Joker con una mueca de amabilidad y pude ver a la otra persona cuando se sentó frente a la ventanilla.
RSM.

A J. Cortázar, en su centenario, eternamente. 

Nota: 
Agradecimientos a  la señora A.V., a quien nunca pude ver, pero me hizo recordar (en sentido contrario) –con su posición–, este pasaje histórico de nuestro Apóstol José Martí, quien supo mostrar su amor y lealtad hacia los pueblos latinoamericanos y la forma en que siempre los defendió, en especial durante la Conferencia Internacional Panamericana de Washington*, como puede confirmarse en las crónicas publicadas en el diario La Nación.
De sus excelentes relaciones con la delegación argentina, Nuestro José Martí, participante en aquel evento (que recuerda un tanto la consecuencia de los actuales acontecimientos en Argentina, en relación con los fondos buitres y la extorsión que ha permitido condicionar una mayor crisis, en todos los sentidos a la hermana nación sudamericana y la solidaridad de nuestros pueblos de Latinoamérica).
En aquel momento histórico que vivió y protagonizó José Martí, la delegación argentina estaba presidida por Manuel Quintana y Roque Sáenz Peña, constituyeron aval suficiente para que el gobierno de la República Argentina, dando prueba de confianza y reconocimiento de sus capacidades y méritos personales, decidiera nombrarlo Cónsul en Nueva York, mediante decreto presidencial del 24 de julio de 1890. En dicho cargo permaneció de manera brillante y leal a la Argentina hasta octubre de 1891 cuando renunció para no crearle problemas a dicho país por sus actividades revolucionarias y patrióticas contra España y dedicarse así por completo a la preparación de la tercera y última guerra por la independencia de Cuba. En su carta de renuncia, dirigida a Vicente G. Quesada, ministro de Argentina en Washington, fechada el 17 de octubre, diría para justificar su decisión: 

 “Tengo la honra de dirigirme a V. E. para ratificar, en testimonio de mi respeto y agradecimiento a la República Argentina, la renuncia del cargo de Cónsul argentino, en esta ciudad que ansioso de evitar comentario alguno contra aquel agradecimiento y respeto, envié a V. E. por el telégrafo el día 11.

“Como el premio más honroso a mi cariño vigilante por los pueblos de mi raza en América, recibí y procuré justificar en su desempeño, el nombramiento, ni directa ni indirectamente solicitado, y por eso mismo más halagador, de Cónsul argentino en Nueva York. Pero se me dice que un periódico español en esta ciudad ha publicado un artículo en que intenta hallar incompatibilidad entre mi nacimiento de cubano, que me obliga a luchar para obtener para mi patria lo mismo que los padres de la patria argentina obtuvieron a su hora para su país,-- y mi carácter de Cónsul de la República en Nueva York. Y como añade el periódico, a lo que se me dice, que pudiera mi permanencia en este puesto provocar un conflicto entre el país que me honró con él y la monarquía de la Península, ni por un momento puedo consentir en continuar, por honrosa que ella me sea, en una situación por donde viniera yo a pagar con una controversia ingrata una distinción de tanto valer para mí, que contará siempre entre las más caras y lisonjeras de mi vida.

“Ruego a V. E. se sirva ordenar al Sr. Vicecónsul, se haga cargo del Consulado que renuncio, y creer que si en mi persona desaparece el Cónsul argentino en Nueva York, queda en mí siempre para la República Argentina, un hijo agradecido.

Saludo a V. E. con el testimonio de mi más alta consideración.

José Martí”

*En acuerdo con la Conferencia Panamericana celebrada en Washington de 1888 a 1890 se celebraría una Conferencia Monetaria Internacional con el fin de realizar la uniformidad de la moneda. Crear una moneda internacional para las Américas, así como en el presente lo es el Euro en Europa. 

miércoles, 4 de junio de 2014

Caín, Abel y viceversa...



Caín, y(o), Abel
Caín, Abel y(o)…






“Arriba la luna hace un guiño en su creciente
Y la noche es prieta como el silencio
Duele verla allí solita
En tan inmenso firmamento”. RSM


Óleo de Vicente Bonachea
Pude ver, por primera vez, mientras soñaba, cómo nevaba. Miraba hacia el techo y resultaba fácil descubrir la ubicación de cada estrella, de cada constelación en la enorme pantalla etérea. Sabía que los copos resbalaban desde la cornisa y caían sobre la pequeña morada de Caín, quien ni se molestó en emitir un gruñido -a pesar que le prometí calafetear la cubierta de su estancia-, después que observamos (como de costumbre: la cabeza sobre mis piernas, lejos de Abel, arrellanado en el sofá), el parte del tiempo en el noticiario de la televisión. Mientras nevaba, a esa hora, Abel dormitaba sobre la máquina de escribir, después de haber interrumpido uno de los intentos de suicidio-relatos con su consecuente baño gatuno y esa mirada entre esquiva y lastimera que significaba: “anda ve y tómate un descanso”, mientras la pequeña y fantasmagórica Maribel desandaba por el cuarto de baño en busca de algún insecto que pudiera arrebatarle del festín a cualquier batracio sin nombre (nunca le puse alguno a ninguno(a), porque demostraron ser numeroso(a)s, concertistas bullero(a)s e inidentificables, independientes, invasivo(a)s y nocturno(a)s). Durante el resto de la madrugada luché contra el insomnio. Quería que amaneciera pronto para ver la escarcha sobre la hierba, pero descubrí que la tal nevada eran los árboles que lloraban extrañas flores como un recuerdo de otoño en primavera. Miré de reojo el reloj y me percaté de que mi corazón se había detenido. Traté de darle cuerda y no hubo respuesta, quizá por la falta de recuerdos, sueños, motivos para (vivir) la oscura nevada, Caín o Abel…, no sé.


RSM. Junio 2014

viernes, 21 de febrero de 2014

DEJAR A MATILDE



Tomado de Puro cuento y algo más, del muro de Oscar Luis Ferreiro

CUENTO DEL VIERNES 21 DE FEBRERO 

DEJAR A MATILDE 

ALBERTO MORAVIA


Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:

-Esta vez se acabó, vaya si se acabó.

Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono.

Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:

-¿Cómo estás?

-Estoy bien -contesté, duro.

-Perdóname por anoche..., pero no pude, de verdad.

-No importa -le dije-, así que adiós... Nos veremos mañana... Te diré una cosa...

-¿Qué cosa?

-Una importante.

-¿Una cosa buena?

-Según... Para mí sí.

-¿Y para mí?

Dije tras un momento de reflexión:

-Claro, también para ti.

-¿Y qué cosa es?

-Te la diré mañana.

-No, dímela hoy.

-No me mates...

-Está bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?

Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:

-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.

Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:

-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?

Contesté huraño:

-Vamos, monta.

Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.

Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:

-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.

Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue... Ya es demasiado tarde”.

Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.

-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires.

Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:

-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.

Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:

-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?

Y yo contesté espontáneamente:

-Pienso en lo que tengo que decirte.

-Pues dilo.

Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:

-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.

Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:

-Me duermo. ¡No me molestes!

Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.

Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:

Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.

Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:

-Y ahora comemos.

Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:

-Bueno, dime ahora esa cosa.

Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:

-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?

-No -respondí.

-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?

-No.

-Entonces, ¿que nos casaremos pronto?

-No.

-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada.

-No, tengo que decirte que...

Pero ella, tapándome la boca con la mano:

-Chitón, si quieres que te dé un beso.

¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.

Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz natural:

-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.

Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: ¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:

-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.

La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:

-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.

Pero ella no se levantó en seguida y dijo:

-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.

Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.

Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:

-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.

Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:

-Pero, ¿por qué?

Y ella, con una buena carcajada:

-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.

Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.

FIN


martes, 18 de febrero de 2014

Venezuela: Se consume el intento de golpe mediático.



Los últimos reportes sobre los acontecimientos en Venezuela demuestran la consumación del golpe mediático que realiza la oligarquía local con el apoyo directo de los servicios de inteligencia del gobierno de Estados Unidos contra el país sudamericano.
Precisamente Washington fue el único negado a reconocer la victoria electoral que llevó al Presidente Nicolás Maduro a ocupar la dirección de un país decidido a construir una sociedad socialista en medio de las crisis generadas por el imperialismo a escala mundial.


No podemos olvidar el modus operandis de elementos de la oposición infiltrados en las protestas para elevar el tono de violencia, mediante ataques con armas de fuego. Lo hicieron durante el gobierno del Presidente Chávez y fue demostrada la participación de los medios de prensa al servicio de la oposición. Más reciente ocurrió _después de las elecciones_ con ataques realizados por grupúsculos de mercenarios que pretendían crear un escenario propicio para la intervención militar directa del ejército de Estados Unidos.


De hecho el intento de golpe mediático imperialista contra la Revolución Bolivariana es un hecho consumado. Camile Soulier, vocera de Reporteros sin fronteras se queja de las medidas aprobadas por el Presidente Nicolás Maduro, para exigir el cese de las transmisiones del canal NTN 24: la principal arteria golpista al servicio de la oposición.


¿Quién está detrás de Reporteros sin fronteras?


Se define como una organización no gubernamental de origen francés cuyo objetivo es “defender la libertad de prensa en el mundo”; no obstante, ha demostrado todo lo contrario y prueba de ello es la posición de su secretario general, el señor (mercenario) Robert Menard, un personaje vinculado a los servicios de inteligencia de Estados Unidos y sus aliados en la Unión Europea.


Debemos tener en cuenta que el señor Capriles, procede de una familia que controla una importante cantidad de medios de información privados en Venezuela. Antonio Ledezma, intenta ratificar una supuesta agresión por parte del gobierno Bolivariano de Venezuela al exigir el derecho de Estado a sacar del aire a NTN 24, después del propósito (abortado por el gobierno legítimamente constituido) para transmitir las violencias jornadas protagonizadas por la oposición.


El señor Ledezma, no escatima su incondicionalidad como aliado proyanqui, al acusar a de las muertes provocadas _después de las elecciones que llevaron a Nicolás Maduro a la presidencia_ cuando fue probada la participación de grupos mercenarios al servicio de Capriles. Entre los absurdos está la acusación, contra el Presidente Nicolás Maduro, de traicionar las ideas del Comandante Hugo Chávez. ¡Increíble! Las ideas de Chávez de construir el Socialismo del siglo XXI, fueron también atacadas por quienes generaron el intento de golpe de estado el 11 de abril con el apoyo mediático de los medios de prensa al servicio del imperialismo, la participación de gobiernos fantoches de la región y Washington.


El nuevo intento de golpe mediático contra Venezuela incluye factores que no deben perderse de vista. De hecho, los voceros de NTN 24, lo han confirmado, al relacionar la reciente Cumbre de la CELAC, realizada en La Habana y que resultó un hecho extraordinario a nivel internacional y un nuevo punto de partida en la urgencia de consolidar la unidad latinoamericana. Sin embargo, ¿Por qué introducen, en el análisis de NTN 24, la Cumbre de la CELAC?


Comparar los resultados de la reciente Cumbre de la CELAC, con la situación actual de Venezuela, hablar de conspiración militar para dar un golpe de estado, según las palabras del fantoche Ledezma, y defender el supuesto derecho de agresión mediática por Reporteros sin Fronteras, es parte del intento de acelerar una situación de violencia civil en las calles venezolanas, en forma permanente, confundir o maniatar la opinión pública internacional y solicitar la intervención militar directa de tropas norteamericanas asentadas en bases próximas a Venezuela.


El pueblo venezolano ha mostrado su firmeza al lado del gobierno del Presidente Nicolás Maduro. Una prueba es la nueva victoria al derrotar el intento de ataque mediático contra la Revolución Bolivariana. Una contundente señal de cómo sería la respuesta a cualquier intento de intervención militar directa o a escala regional por parte de Estados Unidos y sus aliados.