lunes, 26 de enero de 2015

El mundo como es






“Y, al confundirse sin la piel, sobre los huesos,
el alma trasnochadora se preguntaba:
¿Cuál era el color de su amada?
¿Por qué lo había perdido en el tiempo?
Y, en el oscuro celaje, pensaba
en la otrora blancura del espectro”
(RSM)

Raúl San Miguel

Ilustración: Samuel
Confieso que, por estos días, me resulta imposible dejar de recordar cómo –los días son la única verdad (sin ser absoluto) que podemos guardar en un Banco (de créditos o descrédito) sin el temor de que se multipliquen, desaparezcan, se los roben o crezcan en intereses. Lo que puedo, en mi experiencia (asegurar), es que pasan por su gusto…, y seguirán pasando; aunque de nosotros no queden ni las huellas en el tiempo. Y cómo no les hace falta ni reloj, ni código que los nombre (a no ser por los olvidos de los humanos), atesoran verdades irrebatibles y hasta filosóficas. Fíjense que los grandes pensadores, también han tenido de igual situaciones (advierto no es mi caso. Solo me divierto y comparto la risa como remedio, de los males el peor: ser neutro): A Newton, por ejemplo, una manzana le aterrizó en la cabeza y pensó…, ¿Quién había creado una ley capaz de atraerla? Galileo, aseguró:  “Eppur si muove”, que se movía…, casi al punto de perder su propia testa; y Copérnico, heliocéntrico en sí mismo, la vio (a la Tierra) en toda su dimensión, más allá de las estrellas… Homero enredó a Odiseo, en un viaje sin retorno y Penélope tejió el ejemplo del primer reloj sin cuerdas. Así pudiera citar a muchos, hasta llegar al grito: ¡Eureka…! Y, como son tiempos ciberespaciales: 01010101010101010…., interminablemente, me divierto al contar con los dedos de las manos, mi socrática ignorancia.


A los ciberargonautas de este blog, les dedico estas letras para tomarme un buen descanso…, solo por unos días y también comparto una caricatura de la serie de historietas que pronto tendrán el olor de la tinta, en blanco y negro.








También este, uno de los cuentos atrapados en mi libro inédito:

Y los cuentos, cuentos son.




Siete razones capitales (Pecados) 

A los que luchan todos los días
                                                                                                     A Pablo Neruda.

No digas todo lo sabes (piensas)

Por favor, muéstreme su carné de identidad, dijo el policía con un saludo breve, mientras su colega (delante del patrullero y con el intercomunicador frente a su boca) nos miraba de reojo y, en particular, al colega de la cámara que se movía en busca de las mejores imágenes entre las personas en el parque. El agente, que solicitó la documentación, los extendió a su compañero, el otro leyó y esperó. “Oka”, respondió y los devolvió al suboficial, este los miró (nuevamente) y preguntó: ¿Quién les autorizó a estas entrevistas en el parque? “¡¿Cómo dice…?!” respondí. El policía repitió cada una de las palabras, sin perder la ecuanimidad y eso despertó la curiosidad periodística. Estaba frente a uno de esos agentes del orden público verdaderamente salidos de un spot de la televisión. “Bueno, es mi trabajo”, alegó sin perder el buen ánimo que ahora despertaba mi interés frente a un posible entrevistado…, pero… “Nos informaron de que habían unos individuos haciéndose pasar por periodistas en el parque, me refiero a los que trabajan para la prensa contrarrevolucionaria en el exterior”. Sonreí, el oficial me alcanzó con un gesto cargado de autoridad, comprendí que el asunto no tenía ningún lado cómico y mucho menos agradable. Más bien, como periodista, debía asumir el hecho con la seriedad correspondiente. “¿Usted no hace ahora mismo su trabajo?”. , me atreví a cuestionar, realmente fue una pregunta osada, casi una provocación, pero quería obtener un testimonio que podría ser inalcanzable, para otros colegas, entrevistar a un policía, desconocido, fuera del contexto de un trabajo conciliado entre la editora y el político de la unidad policial; incluida una previa coordinación con el jefe del departamento tal, en la provincia, de acuerdo con lo establecido por la directiva del ministro para el orden interior y la verificación (lógico) del texto en el cual se registraría cada pregunta y respuesta y cuando sería el día de la publicación, etcétera. Pero ahí estaba la oportunidad, esa suerte de ángel que viene cuando no se le espera y lo cuadra todo o casi… “¿Qué usted dice, ciudadano…?”  Era muy bueno para que fuera verdad. Ningún ángel, ni suerte, ni nada. Una verdadera avalancha de autoridad policial podría destapar aquella simple pregunta. “¿Qué qué digo…?”  “Sí, ¿por qué usted pregunta si estoy haciendo mi trabajo?”  Lo sabía, por qué sería tan bruto. En definitiva mi interés se limitaba a buscar opiniones en la peña deportiva de la esquina caliente, y caliente me estaba poniendo por hacerme el verraco al salirme fuera de los objetivos editoriales e informativos que me llevaron hasta aquel lugar. Para colmo no tuve en cuenta, las situaciones descritas en la psicología del trabajo periodístico y la capacidad de memorizar, recordar que, apenas hacía unos minutos, el agente había dicho: “Nos informaron de que habían unos individuos haciéndose pasar por periodistas en el parque, me refiero a los que trabajan para la prensa contrarrevolucionaria en el exterior” ¡Qué bruto soy!, no bruto no… ¡coño soy periodista, no un mercenario!, hubiese querido gritar, pero ¿debía perder la compostura y hasta la posibilidad de demostrar que podía controlar la situación, ser civilizado? ¡Claro!  “¿Cumple usted con su trabajo?”, repetí y juro que lo hice sin darme cuenta, sin proponérmelo, como si mi subconsciente dictara la pregunta y se aprovechara de su intangibilidad para exponer mi cuerpo. “¿Cómo dice…?” preguntó el agente con la interrogante acentuada en las cejas y, de inmediato, cruzó una mirada, muy seria, con su compañero y, aquel, colocó el intercomunicador junto a la pizarra del auto; seguidamente llevó su mano derecha a la parte superior de la funda (como en un duelo del lejano Oeste), mientras la izquierda cayó apoyada sobre la parte superior del bastón (ambos brazos en jarra, en la actitud defensiva conocida por kiba-dachi o jinete de hierro). “¿Dije que si usted cumple con su trabajo?” Otra vez, mi subconsciente se adelantaba. Miré en derredor y observé a la gente en sus asuntos, dispersos por todo el parque. Sentí el viento correr sobre las gotas de sudor que corrían espalda abajo. “Mire, periodista, no se busque problemas”, atajó, el policía, colocando su mano sobre mi hombro. Después sonrió (¡había sonreído!, eso estaba mejor pequeño imbécil que habitas dentro de mí y te rebelas sin motivo. Ahí tienes un ejemplo de autoridad, disciplina, autocontrol y mucho tacto, si fuera al revés le hubieses aplicado todo el rigor policial, pero   por suerte no eres agente del orden público, sino periodista y bastante arriesgado al meterte en cosas que no te interesan). “Cumplo con mi trabajo, estoy aquí para eso”.
¡Ves, te lo dije, no todos son subnormales, aquí tienes una demostración!  “Pero usted no me ha respondido preguntó mi subconsciente, ¿qué es para usted cumplir con su trabajo? “Le voy a explicar, ¿no es lo que usted quiere? Asentí. “Pues mi trabajo es mantener el orden público, y eso hago, ¿no le parece?” ¡Salomónica respuesta! El careo estaba cinco a cero a favor del policía y mi subconsciente no toleraría eso, le conozco y sé que le domina un ego insoportable. ¿Usted lo cree así, agente?, ripostó, ¡que bárbaro!, no cabe dudas de que me odia, es la parte de mi persona inconforme, rebelde por gusto, provocativa, capaz de llevarme al borde del infarto y hasta enterrarme definitivamente si se lo propone. ¿Cómo podría salir del dilema?” Volví el rostro al otro agente. Sonreía burlón. ¡Lo que me faltaba!, hacía el ridículo por una pregunta que podría empujarme dentro del patrullero,  envolverme en tremendo papeleo, permanecer un tiempo en la Estación de Policía y pagar una multa (en el menor de los casos) si antes a mi diabólica otra parte no se le ocurriera mantener una postura menos agresiva.  “Por supuesto, que lo creo compañero. Sé que es una tarea difícil e incluso poco entendida por quienes no conocen el rigor, el estrés y los riesgos de esta importante profesión”. ¡No lo puedo creer!, mi subconsciente se había salido con la suya, había logrado una respuesta que no parecía llegar nunca. Respiré aliviado e iba a dar las gracias y marcharme sin cumplir mi objetivo, en la esquina caliente, cuando mi boca se abrió y no me dio tiempo siquiera a cubrirla como si evitara un estornudo.  ¿En lo personal usted se considera un policía que cumple estrictamente lo establecido, incluso cuando no viste el uniforme? ¡¿Oye qué te pasa?! Quise gritar dentro de mi cerebro, pero solo logré que el eco de mi alarido retumbara groseramente en mi estómago. Experimenté la sensación de caer definitivamente. “Vas a terminar mal” había dicho, en varias ocasiones Emilio, el fotorreportero. “Es hora de que te des cuenta hasta dónde puedes llegar”, acotaría y con razón, pero… él sigue haciendo sus fotos y no se da cuenta que estoy en medio del océano, ¿por qué no viene y me auxilia con esa facilidad para salir de los malos momentos? Todo lo contrario, ahora conversaba con unas viejitas, mientras coqueteaba con la joven pelirroja que las acompañaba. “En lo personal considero que me atengo estrictamente a mis obligaciones”, respondió el policía sin dejar de sonreír. ¡Aún sonreía, qué clase de agente del orden público, qué hombre ejemplar, qué sé yo…!  “¿Y por qué emigró a la capital, acaso no puede cumplir su sueño de ser policía en su propia provincia?”  ¡Te volviste loco!, ¡Coño…! Si pudiera yo mismo me metería preso. De alguna manera un desorden psicológico se manifestaba en mi actitud. Debí tomar las vacaciones cuando me comunicaron que estaba pasado, ¿es natural? que el estrés y el cansancio provoquen toda esa reacción de basura, mucho más si el subconsciente te juega una mala y, en mi caso, era evidente que me odiaba. ¡¿Por qué?! “Las razones no siempre las determina el propio individuo”, sentenció y casi estuve a punto de reafirmar con un movimiento asentativo, pero ni un solo músculo de mi cuerpo se movía sin permiso de mi subconsciente. Ahí estaba parado, erguido, desafiante, ¡estúpido, imbécil, comemierda! Para colmo el policía tenía razón, las razones no siempre las determina el propio individuo  ¿Entonces qué razones mantenían esa desordenada e irreverente conducta de mi subconsciente? Busqué en la memoria un indicio que me llevara a la génesis de tal comportamiento: no he estado detenido, no me han maltratado, no he sido objeto de abuso policial, ni de excesos en el uso de la fuerza, entonces… ¿qué?,  quizá se trataba de una referencia a cualquiera de la bola de cosas que se discuten en una redacción de prensa. “¿Por qué emigró a la capital si puede ser policía en su provincia?”, cuestionó mi otro yo (llamémosle así, para variar) y el tono estaba cubierto por el sarcasmo. “Siempre quise ser policía, es la verdad, desde chichitico jugaba a los policías y ladrones, pero en mi natal Guantánamo hicieron un llamado a la Juventud me refiero a la militancia y dimos el paso al frente para venir en apoyo de la población de la ciudad”.  ¡Compadre, es suficiente! Ese hombre ha sido una dama contigo, más allá de su responsabilidad y del uniforme, ¡¿qué te pasa?!  “¿Y usted cree que podrá lograr realizar su trabajo impecablemente en la capital, digo sin caer en la tentación de caer en las redes de los delincuentes?”  “Por favor, sea más específico”, apuntó el agente. Sentí alivio, era un policía pulcro, impecable, profesional, incapaz de permitirse quebrar su paciencia ante el imbécil que le preguntaba.  “¿Digo que si se considera preparado para no caer en las tentaciones de quienes sobornan y corrompen?”  “Ese es uno de los riesgos de nuestra profesión, ¿acaso no lo tienen los periodistas?” “¡Sí!”, respondí triunfalmente, pero de mi boca no se artículo palabra alguna.  “¿Qué haría si alguien le propone el silencio a cambio de una gran suma de dinero?  “Tendría que consultarlo con mi subconsciente  respondió, pero estoy seguro que actuaría con la transparencia de mi personalidad y responsabilidad de policía”  ¿No te da vergüenza, cabrón, subconsciente egoísta? Le dije a mi otro yo. “Dígame, ¿no entendí lo que expresó?”  Me quedé perplejo, mi subconsciente se había retirado y me dejaba en medio de una pregunta que no estaba dirigida al policía. “No se preocupe, ciudadano, yo puedo entenderlo. ¿Somos o no somos cubanos?, de lo contrario no tomaríamos la vida con la jocosidad que nos caracteriza, pero, entre nosotros, si mi subconsciente se dejara sobornar puede estar seguro de que lo meto preso…, pero recuerde, un consejo: el que dice todo lo que sabe, dice lo que no conviene…”.
 

viernes, 23 de enero de 2015

Perdido






“Ahora en busca solo estoy
del tiempo que he perdido desde ayer,
buscando lo que había de hacer de mí.
Cosa añorada en mi niñez
porqué después crecí”. (S.R)

Raúl San Miguel

Óleo de Vicente Bonachea.

Había recorrido un tramo suficiente para comprender que estaba perdido. Miró en derredor y comprendió que, además, estaba solo. Recordó lo aprendido cuando el padre le regaló una pequeña brújula e instintivamente buscó el objeto en el bolsillo y, por supuesto, no encontró absolutamente nada: ni siquiera los documentos de identidad que abultaban, más que todo, la pequeña cartera de cuero, ahora,  también desaparecida. Extendió ambos brazos y sus manos palparon la intangibilidad del vacío. No estaba dormido y, por tanto, no sabía tampoco cómo despertar. Ese estar consciente de que se está en una situación indefinida entre el sueño y la realidad, le hizo repensar las veces que se encontró en esa encrucijada y aceptó que dormía, por tanto debía hacer un esfuerzo para despertar o sea regresar, ir por un poco de agua y quizá cerrar la ventana para que el gato no se fuera de parranda como hacía cuando se descuidaba.  Esperó un poco y supo que de un momento a otro sus dedos encontrarían la forma de aferrarse al cobertor y con un giró rápido dejaría su cuerpo expuesto a la fría madrugada y despertaría, así, de golpe. Sin embargo, no ocurría nada, ni el más leve estremecimiento de su piel o sus articulaciones. Decidió que, tal vez, encontraría la posición exacta en que el sueño representa la condensación y alcanzaría a visualizar fragmentos de imágenes, frases o trozos de ideas. De alguna manera podría ser un desplazamiento fallido más si se trataba de un confuso y oscuro sueño influido por un inadecuado viaje a otra dimensión. ¿Estaría aún dentro del vientre materno y ahora alcanzaba la conciencia de poder decidir nacer o no? Tan absurdo pensamiento fue perceptible como una brizna de aire en un mar insondable y etéreo. No podía, tampoco, realizar movimientos de acuerdo a su voluntad y tuvo la sensación de encontrarse frente a la imagen interior de su yo, frente a un espejo.  De alguna forma era lo más cercano a la extraña circunstancia que ¿vivía…? Otra pregunta sin respuesta, sobre todo porque ni siquiera sus ojos podían identificar algún objeto conocido. Nada…, entonces, la no existencia de un referente explicaba la no interacción con ningún otro semejante. Sabía que si dejaba de ser un sujeto relacionado, tampoco podría ser un sujeto producido; o sea no existía. De modo que, tal reflexión, también respondía a la imposibilidad de despertar, de establecer una ubicación que le permitiera reconocer el medio o lugar donde se encontraba, adaptarse y establecer respuestas fijas a los estímulos recibidos de su entorno. ¿Pero lo había...? Comprendió que lo único real demostrado, en tal situación, era su esfuerzo para encontrar una salida y contaba con la activa modulación de sus ideas: pensaba, luego ¿existía…? Comenzaba a desesperarse, al no encontrar una salida, pero desistió. Primero: no había llegado a ese sitio sin haber iniciado un camino de entrada en alguna parte, por tanto y, en segundo lugar: debía recordar..., estaba obligado a recordar, en medio de la pulsación galáctica que lo lanzaba al otro extremo del Universo.



A propósito de un tema recurrente: el intento del gobierno de Estados Unidos por cambiar su táctica -según las propias palabras de la señora Jacobson, para modificar la forma de influir (más directamente) en las relaciones diplomáticas que pretende establecer con mi país, Cuba. Esta es mi opinión, teniendo en cuenta la encrucijada en que se encuentra el gobierno de Estados Unidos, cualquiera que sea su administración, cuando se trata de aislar a un pueblo que defiende su soberanía e independencia. Puede interesar:

http://www.cubadebate.cu/noticias/2015/01/25/el-bloqueo-de-eeuu-a-cuba-impide-salvar-a-diabeticos-estadounidenses-afirma-especialista/#.VMZL0Cz6jUc




miércoles, 21 de enero de 2015

Contestatarios o disidentes versus mercenarios




La fruta en la altura*

Raúl San Miguel

Óleo Vicente Bonachea

Ilustración: Samuel

“Hay momentos para todo en la vida, hasta para contar esas cosas que duelen como una espina de acero atravesada en el pecho, porque te llegan hasta el alma y destruyen la existencia de adentro pa´fuera…, despacio, muy despacio, casi en silencio... Por eso, cuando llega la hora, hay que decirlas…, soltarlas porque te queman…, de lo contrario jamás podrías volver a conciliar el sueño, ni mirar a nadie de frente… Por eso hay que decirlas, aunque duelan…, aunque sea lo último que hagas en la vida”. (Ciudades…fragmento de novela. RSM).



Recuerdo que en un curso de diplomado (del cual hice referencia en un artículo reciente en este blog) de Administración Pública,  defendí el criterio de disentir. Me observaron como a un bicho raro. Algunos incluso tragaron en seco, no podían entender cómo podría, en aquel recinto decir que disentía. Entonces argumenté, de buena gana, que todos los seres humanos, por esencia lógica de la propia conciencia social, disentíamos, que ser disidente no equivale, de ningún modo, a ser mercenario. La diferencia en las acepciones de estas palabras resulta notable, solo que –a veces- permitimos que ciertos términos de uso en el habla, sean acuñados de forma sutil y hasta psicológicamente orientadas (en sentido contrario a su significado) por quienes organizan las campañas subversivas contra la Revolución cubana.
Un tiempo después escuché otra: un colega le explicaba a otro, el por qué, en su criterio, el sujeto de referencia (un servidor) no lograba ascender a un puesto de dirección importante en mi especialidad como profesional. Debo aclarar que estudié y me gradué como licenciado en periodismo, no de licenciado en Administración Pública (aunque me alegró mucho haber realizado una tesina para certificar mi diplomado). “Es un contestatario”, ese fue el calificativo empleado. ¡¿…?!  Pocas veces me había sorprendido tanto. Tampoco ser contestatario es ser mercenario. Está bien claro que un mercenario es una persona que recibe dinero para cumplir un propósito de (una potencia extranjera) contra su propio país. Ejemplos sobran, más recientes: Tania Bruguera, Yoani Sánchez, Bertha Soler, el “Coco” Fariñas, Rodiles…, una lista que ahora se engrosa con una nueva aspirante a líder de oposición por herencia: la mercenaria Rosa María Payá, a quien el senador republicano Marco Rubio anunció, que sería su invitada oficial al discurso del Estado de la Unión ofrecido ante el Congreso por el presidente Barack Obama este martes (Ayer).
Por supuesto, las nuevas medidas anunciadas por Washington no cambian las reglas del juego en cuanto a mantener el bloqueo contra nuestro país. En mi opinión lo más importante es tener clara la cuestión: no habrá fruta madura para quienes trasnochan con sus sueños de anexión de Cuba al imperio norteamericano, dentro y fuera del país. En este sentido seré un eterno disidente contestatario, prefiero no escalar al pedestal de la Patria, sino mantenerme junto a ella para servirla como soldado.

A los argonautas de este blog dedico este relato. Se basa en hechos reales. El protagonista fue una de esas personas que escaló tanto que llegó al otro lado del charco, como decimos los cubanos, pero no para defender a Cuba, como lo hizo Martí (salvando las distancias éticas y morales) y muchos, muchísimos miles de cubanos que viven fuera de la Isla y que jamás serán mercenarios. 

Algunos prefieren quedarse
¿La derecha o la izquierda?
(Impaciencia del corazón)
Stefan Sweig

Un reportaje relacionado con los piratas que interceptaban los convoyes que transportaban cereales para el consumo animal, lo había convertido en la estrella de los noticiarios televisivos. Más, aún, logró borrar toda referencia anterior en el ejercicio de la crítica y la denuncia pública de hechos que colocaban en una ruleta rusa la economía del país y pocos se atrevían a publicar con el tino, la madurez, profundidad y sentido profesional que él logró con la grabación de imágenes relacionadas con asaltos en vivo. Su difusión, por todo el país, lo catapultó a las páginas de la prensa extranjera. Abría una ventana en medio del caos y lo hacía con la maestría del cirujano nacido para vivir en un quirófano. Nada podría evitar (ya) su vertiginoso ascenso, apenas un año después de graduarse y salir del recinto universitario. Más cuando podía exhibir sus cualidades excepcionales con la asignación de un yipi y la garantía de una tarjeta para más de 700 litros de combustible (gasolina que se cotizaba, entonces, a 50 pesos el litro en el mercado negro) mensuales. ¿Quién lo iba a decir? “Tan flojito que parece y lo derechito que va”, decía el parqueador en tono de burla, pero solo reíamos por lo bajo y no le hacíamos mucho o ningún caso. En realidad para qué complicarnos en mencionar los privilegios de un colega que ahora representaba todo un cambio en la dinámica del viejo oficio que intentábamos modificar con una variante nacional: no imitar el sensacionalismo noticioso de la prensa extranjera y buscar nuestros propios mecanismos para hacer el trabajo objetivo, profundo, crítico ¿noticioso? y sin fisuras (datos que no resulta conveniente publicar) que puedan ser utilizadas por el enemigo. Resultaba una tarea extremadamente difícil. Por una parte el estímulo a buscar esa fórmula se convertía en una cruzada extenuante y devastadora. Algo así como el transitar sobre un campo minado en medio de una lluvia de balas (desde las dos partes), pero aquel bisoño periodista había encontrado un camino. El lente de la cámara no escamoteó la escena propia de un filme del Oeste, solo que eran cubanos sin ningún otro atuendo que las vestimentas de un ciudadano común, los que hacían increíbles malabares para sacar toneladas de pienso, mientras los choferes de las rastras _ en actos verdaderamente temerarios_  realizaban maniobras agonizantes con el propósito de hacerles caer (de muerte) sobre el pavimento. Pero los ninjas lograban, antes, lanzar varios sacos que recogían la caballería (ciclistas de su equipo) y luego desaparecían entre las altas hierbas de la autopista. Aquellas imágenes resultaban irrefutables, los telenoticiarios la mostraban en portada y le dedicaban largos minutos, más del tiempo normal considerado para los reportajes especiales. Después temblaron los taxistas y cayó una lluvia tibia sobre la ciudad. Nadie se había percatado de que el asunto discutido hasta en una cama nupcial podría tener implicaciones morales tan serias como ocurrió cuando el nuevo reportaje estuvo listo para la televisión. El novel reportero necesitaba mantener sus ideas frescas, nada mejor que aquella vivienda frente a la avenida del puerto, en plena arteria colonial,  en un entorno donde reconocidos artistas de la plástica encontraron un espacio para sus estudios-talleres que atraían una avalancha de turistas extranjeros, acompañados por guías profesionales,  buscayumas del barrio, prostitutas, santeros, espiritistas y babalaos. Desde allí el aire de la bahía traía el sabor inconfundible de los puertos, el pitazo de los buques, el cañonazo de las nueves y el Cristo con sus brazos abiertos para recibirlos a todos. Desde el balcón, podía observar a la gente (abajo) caminar convertidos en hormigas multicolores, mientras que en las noches mitigaba el calor con refrescos importados que se enfriaban, maravillosamente, en un refrigerador de doble temperatura  de los que se vendían en las tiendas recaudadoras de divisas (que le fuera asignado para mantener su pensamiento fresco), a las ocho de la noche tomaría un descanso para observar su obra en la pantalla de un televisor que también pudo adquirir a un precio módico (como todos los objetos de su vivienda) en moneda nacional. “Lo tenía casi todo”, pensaba cuando se detenía a maquillarse y delineaba con precisión los vellos de las cejas. La expresión de sus ojos, no por femenina, resultaba interesante. Miraba con la misma y profunda curiosidad que lo hacía su perrita Cookie Spanish, a la cual le llamó Whisky. “Una perra intelectual, capaz de compartir los secretos de sus amantes masculinos sin ladrar. “No te preocupes _ dijo a su acompañante. Le ponemos un cassette de Disney, le encanta la película de los ciento un dálmatas” y acariciaba el pelaje color malta de su mascota. Después caminaba hasta la puerta de la habitación y dejaba caer la bata de dormir en un alarde de coquetería al estilo de Greta Garbo. Así pensaba mientras le empujaban desde atrás, en su espalda, hasta dejar su delgado cuerpo tendido y sin fuerzas sobre la cama. “Tienes que irte”, le dijo su amante, convencido de que tendría otra oportunidad en un país donde la prensa grande abre las puertas a los inteligentes, a los que encontraron una forma de exponer las fisuras del sistema sin disparar un tiro, sin tirarle un hollejo a un chino y si tienen los pies secos mejor. Por eso la invitación a México le llenó de esperanzas. Miró, como si fuera (premonitoriamente) las luces de los barcos en el canal de la bahía y se imaginó sobre la nocturna cubierta de un crucero. “Cada uno tiene su estrella y  la mía no tiene que estar bajo este firmamento”, aclaró aturdido por la brutal muerte de su amiga. “Esos bárbaros no se merecen otra cosa que atragantarse con la mierda que le dan en los cortes” y susurró: “nunca debí hacer ese reportaje entre animales”. La pobre Whisky había expiado las culpas (de su dueño) al quedar su cuerpo destrozado por la furia de una brigada de macheteros que había sido contrariada por una noticia capaz de pulverizar el orgullo de estos hombres acostumbrados a los rigores de un clima perverso en cada jornada de labor. “¡Que venga si es hombre a discutir con nosotros! ¡Qué explique porque nos trató como vagos!, reclamaron. Y el héroe fue. Ahora tenía un motivo más para marcharse. Sobre el televisor la fotografía de la pobre Whisky parecía indiferente a la sustituta: Ronney (Whisky II), que miraba a su dueño sin prestar atención a los dálmatas de la pantalla. “No te preocupes, ellos te sabrán cuidar muy bien”. Solo debía aprender su nuevo papel de víctima, protagonista y arrepentido de luchar en el lado equivocado (con respecto a sus intereses). Así lo declaró frente a los micrófonos y cámaras de Miami. Esa noche su cuerpo no encontró reposo a la demanda de un amante presto a devorar al héroe. De este lado no hubo comentarios en las redacciones, si acaso algunos sonrieron con sarcasmo. Solo el viejo parqueador en el área oficial del Sistema Informativo de la Televisión, exclamó: “¡¿Quién lo iba a decir? “Tan revolucionario que parecía y lo flojito que en verdad fue”. Ninguna declaración oficial ratificó su partida. 

*La fruta, nunca estará madura; a pesar de quienes pretenden coger "mangos bajitos". 

Le pongo un poco del toque de humor, a mi manera, a la evolución de la violencia según la especie y, como señala la ilustración, los tiempos cambian y también las formas en que los seres humanos nos esforzamos por extinguir a nuestros semejantes. Nada que ver en algún "cambio" que mantenga la política de algunos gobiernos que pretenden confundir al tergiversar la historia y coronarse de salvadores, mientras dan muerte a millones de personas en todo el planeta.