viernes, 5 de junio de 2015

Por Las Azoteas



Hay relatos que después de leerlos, traen de golpe oleadas de recuerdos. Así me ocurrió cuando pasaba por el sitio Puro cuento y algo más. Es este, uno de ellos, especialmente por esa niñez que también evoco en las lecturas de Italo Calvino y, ahora, me devuelve el escritor Julio Ramón Ribeyro.
Una vez más elijo una de las pinturas de mi buen amigo de la infancia, físicamente desaparecido, Vicente Bonachea.






Julio Ramón Ribeyro (1929-1994)

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.
Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.
Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros -pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales- regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes.
En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión.
A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio sólo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos.
Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera.
Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel.
En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, contemplando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras.
Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero.
-Pasa -dijo haciéndome una seña con la mano-. Ya sé que estás allí. Vamos a conversar.
Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo -¿era un signo de paz?- se enjugó la frente.
-Hace rato que estas allí -dijo-. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este calor!
-¿Quién eres tú? -le pregunté.
-Yo soy el rey de la azotea -me respondió.
-¡No puede ser! -protesté- El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio.
-No importa -dijo-. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche.
-No -respondí-. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos.
-Está bien -me dijo-. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos.
Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes.
-Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío.
-Acordado -me dijo-. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un hombre que sabía algo. Por esta razón lo colocaron en un púlpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y sólo entonces lo dejaron en paz».
Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio.
-No te ha gustado mi cuento -dijo-. Te voy a contar otro, otro mucho más fácil: «Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante años repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: ‘Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario’».
Esta vez el hombre no rió sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores.
-¿Quién eres tú? -le volví a preguntar- ¿No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago?
-¡Demasiadas preguntas! -me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí- Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. El ojo del infierno.
Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja.
Al día siguiente regresé.
-Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer.
En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías.
-Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.
-No vengo por los trastos -le respondí-. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.
-Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?
-Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.
-Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.
Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos.
-¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? -me pregunto de pronto-. Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando sólo se habían mudado de traje.
-¿La construiremos de tela o de papel? -le pregunté.
El hombre quedo mirándome sin entenderme.
-¡Ah, la sombrilla! -exclamó- La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza.
Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado -que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate- cuando el hombre se contuvo.
-Es bueno reír -dijo-, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos.
A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía sólo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas.
A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras:
-Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias.
O decía:
-Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto.
Otro día me dijo:
-Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.
A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa.
Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo.
-¡El sol, el sol! -repetía-. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho!
Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada.
-Hoy es mi santo -dijo-. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño -que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa?
Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina.
Cuando me retiraba, el hombre me dijo:
-Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.
En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas.
El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacía arder la torta de los techos.
-¡Todavía dura! -decía señalando el cielo- ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo.
Al día siguiente me entregó un libro:
-Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo..., de este largo verano.
Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura.
-¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea.
Esa noche mi papá me dijo:
-Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea.
Mi mamá comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor -una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito- u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído sólo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos.
Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo.
Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón.
Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado.
Sólo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos.
Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.


FIN

jueves, 4 de junio de 2015

Kinich Ahau-Ixchel




Kinich Ahau-Ixchel




La sombra oscura de un invierno prematuro había caído como un manto lúgubre sobre aquella porción de la tierra. El suelo crujía en cada pisada y el polvo se incrustaba en la piel reduciendo todo a cenizas. El río era solo una cuenca donde otrora cantaban las aguas. Debajo del Ahuacán estaban los sacerdotes Chilames  para contar viejas historias como el mensaje de muerte enviado por los dioses en la presencia de Anáhuac (cerca del agua), quien había viajado desde el Norte en busca del amor de una joven llamada Iztmal (rocío del cielo), de cuya legendaria belleza se comentaba porque hacía germinar la vida en derredor. Según los chilames, la muchacha solo podría ser desposada por Kinich Ahau, quien habitaba dentro de la montaña y había sido predestinado para fertilizar con su luz, para que los hombres labraran la tierra, sembraran la simiente, cosecharan los frutos, recogieran el agua, pudieran mirarse al rostro y entenderse más allá de los pensamientos que afloraban a los ojos de los originarios. Kinich Ahau, era feliz porque podía sentir el perfume nocturno de su amada Ixchel, quien tejía, en las noches, y con hilos de plata, la finísima lluvia que dejaba en cada amanecer sobre las plantas y que Kinich Ahau, absorbía, en cada nueva jornada, para convertirla en lluvia y alimentar el río que bajaba desde la montaña. Pero Kinich Ahau, también estaba triste porque sabía que habían sido creados desde que el tiempo y el espacio dejaron de ser solo tinieblas y se vieron por primera vez bajo el firmamento, pero sabían que jamás podrían juntarse como esposos y hacer crecer el fruto de su amor en los hijos como ocurría en los humanos. Fue entonces que hicieron un pacto secreto: en el Norte nacería Anáhuac y en el Sur, Itzmal. Así, como personas, deberían encontrarse. Pero la belleza de Itzmal era tal que el cacique de su región la eligió como esposa y ordenó realizar los preparativos, a pesar del llanto plenilunio de la joven.  Kinich Ahau, enfurecido gritó desde las entrañas de la tierra y las rocas se fundieron y salieron a la superficie arrasando con ríos de fuego y vientos huracanados.  En el aire se extendió el inusual crepúsculo y Anáhuac experimentó una lóbrega tristeza en su pecho había llegado poco después que la montaña dejó de rugir y la roca ígnea endurecida mostraba el espectro calcinado de la aldea de Itzmal y comprendió la terrible muerte de su amada. Entonces se abrió una herida profunda y extrajo su nacom (corazón) y lo depositó, tibio aún, bajo la tierra.
Contaban los Chilames que esa noche Itzmal bajó de Ixchel, desde un puente de hilos de plata que tejió con sus propias manos y lloró en el lugar donde Anáhuac había sembrado su corazón. Sus lágrimas hicieron brotar del nacom, convertido en simiente, una hermosa planta que se extendió vigorosa sobre su tallo sensible, como la piel de su prometido Anáhuac, y una flor con el rostro de Kinich Ahau.
Afirmaban los Chilames que, a partir de entonces, la tierra recobró su fértil color, desde la montaña bajaron las aguas y regresaron los pájaros. En las noches de plenilunio se podía escuchar sobre el viento los susurros enamorados de Itzmal y Anáhuac. Al amanecer los girasoles volvían su rostro hacia el naciente y seguían con la mirada a Kinich Ahau, hasta el ocaso.
Cuentan que, desde entonces, puede verse sobre el firmamento la llegada temprana de Ixchel en su plenitud de belleza y vestida con su níveo encaje de novia, mientras Kinich Ahau, regala áureos colores al ocaso y los girasoles contemplan ensimismados la escena, antes del último vuelo de los pájaros.

RSM.


Nota: Este relato, completamente inédito, solo tiene un propósito: responder a la solicitud de un mandala que encierra, en su belleza, el origen del universo. Por supuesto, tomé nombres con los cuales nuestros ancestros, en la cultura Maya, llamaron al Sol y la Luna. También utilicé, como símbolo de fertilidad al girasol. Cualquier punto de convergencia con otras leyendas es pura lógica. Todos llevamos en nuestra sangre la memoria de nuestros pueblos originarios. Explicar el nacimiento del Universo es el punto de partida del por qué existimos. Para aproximarnos al significado de la Luna y el Sol, eternos enamorados, debemos tener en cuenta también esa relación indisoluble para la fertilidad de la vida en la Tierra.



Rescaten al soldado… ¡Vayan!




Raúl San Miguel

Foto de la Internet

En las calles de Manhhatan, la imagen del soldado no es un elemento de importancia, salvo el contraste que resume la imagen captada y colocada en el ciberespacio.
A Miles de kilómetros en el sur de Norteamérica, el presidente Barack, hace un al(c)to público en su visita a Miami y se da una vueltecita por la Ermita de la Caridad. Todas las intenciones de marcar un acercamiento a Cuba, a través del efecto religioso que supone reconocer la existencia de la Patrona de Cuba. Antes, a propósito de la 12 Bienal de La Habana, un artista realizó un performance con el paseo de un doble del señor Obama por las calles de la Habana Vieja.  Desde la percepción visual cada uno de estos acontecimientos tienen una relación visible entre sí.
Por otra parte Honduras vuelve a las noticias. De las peores. Así lo describe el artículo de Isabel Soto Mayedo de la agencia de noticias Prensa Latina.  Cito el reporte y comparto los comentarios.


Honduras, otra vez punta de lanza de Estados Unidos en Centroamérica

Publicado el 5/28/15 • ISABEL SOTO MAYEDO / PL – La confirmación del envío de un nuevo contingente de marines de Estados Unidos a Centroamérica despertó alarma en buena parte del mundo y son varios los que consideran amenazante este movimiento en el tablero político latinoamericano.
Honduras, célebre por el uso que siempre le dio el país norteño como punta de lanza contra sus vecinos, recibirá la mayoría de los 280 soldados anunciados para entrenar a las fuerzas locales contra el crimen organizado y tareas de rescate ante desastres climatológicos, según el Comando Sur.
“La fuerza de tarea especial, con tropas de tierra, aire y mar, será enviada por etapas a partir de esta semana, y el grueso del grupo (180 miembros) estará estacionado en la base militar de Estados Unidos en Palmerola, 70 kilómetros al norte de Tegucigalpa”, anunció el 25 de mayo esa dependencia del Departamento de Defensa.
El comunicado puntualiza que “los marines estarán en posición de agrupar personal y equipos rápidamente en la región si son requeridos ante una situación de emergencia”.
Añade que el resto de la tropa será distribuida entre Belice, El Salvador y Guatemala para realizar tareas de cooperación en seguridad que se adapten a la necesidad de cada país.
El Comando Sur de Estados Unidos señaló que la mayor parte del grupo militar llegará al área la primera semana de junio -cuando comienza la temporada de huracanes- y permanecerá hasta noviembre.
Poca sorpresa causó tal confirmación en quienes siguieron en los medios de prensa el proceso previo a la llegada de esta nueva brigada de marines de Estados Unidos a Honduras, coordinada y aprobada hace poco más de un mes por el Gobierno de Juan Orlando Hernández.
De hecho, poco antes del anuncio del Comando Sur, 300 militares y civiles estadounidenses participaron en un ciclo de entrenamiento en el país con sus contrapartes hondureñas relacionado con la lucha contra el crimen organizado, según el periódico El Heraldo.
REACCIONES ANTE EL ANUNCIO
Ante el anuncio, varios analistas coincidieron en que el envío de 200 marines en Honduras -y de otros 90 de los que apenas ni se comenta en Guatemala, El Salvador y Belice- puede ser la reacción del Pentágono a la creciente influencia de Rusia en América Latina.
Para el excorresponsal de The Washington Post Douglas Farah, en declaraciones a la corporación mediática británica BBC, este es el eje de tal maniobra.
Mientras, el profesor estadounidense James Petras declaró a la Radio 36 de Uruguay que la intención es crear una plataforma militar para intervenir en América Latina y en específico en Venezuela, si las próximas elecciones parlamentarias terminan en un resultado demasiado estrecho.
Según un editorial del periódico mexicano La Jornada, el nuevo despliegue de tropas de Estados Unidos en Centroamérica abrirá otro ciclo de violaciones masivas a los derechos humanos y atrocidades en la región.
“La presencia de los contingentes militares estadounidenses en Centroamérica se ha traducido en masacres, violaciones masivas a los derechos humanos, apoyo a tiranos impresentables y pérdida de soberanía para las naciones afectadas”, señaló el rotativo.
Otros seguidores del tema destacan que este despliegue militar es el más importante que realiza Estados Unidos en la zona en 30 años y que quizás sea una señal del retorno del intervencionismo a la región, la cual sufrió el embate de los conflictos internos azuzados desde Washington en los 80.
Datos aportados por el Comando Sur sugieren que los efectivos que se instalarán esta vez en la base aérea de Soto Cano de Palmerola se sumarán a los cerca de 600 soldados estadounidenses que están de modo permanente en ese enclave.
El nombre de la nueva unidad es la Fuerza de Tarea de Propósito Especial Aire-Tierra de Marines-Sur y sus miembros contarán con al menos cuatro helicópteros Sikorsky CH-53 Sea Stallion, capaces de repostar en pleno vuelo y de transportar material pesado.
Dirigentes populares, académicos y políticos en todo el continente acumulan años denunciando las operaciones encubiertas o visibles de Estados Unidos en este y otros países latinoamericanos contra la población y, en especial, contra los movimientos de protesta social.
Algunos de ellos cuestionan ahora la insistencia del Pentágono en que casi todos los marines que serán desplegados en Palmerola son ingenieros de formación y coinciden en que, aunque eso es real, también son soldados de Estados Unidos en tierra latinoamericana.
Estos están entrenados para entrar en combate en cualquier momento, como los que llegaron en septiembre de 2012 a Guatemala con el objetivo de apoyar a las fuerzas de seguridad de ese país en el Plan Martillo, estrategia presuntamente destinada a frenar el tráfico de drogas.
Wired, revista científico-social estadounidense, informó entonces que ello alentó la controversia porque ocurrió sin la aprobación del Congreso Nacional, como requiere la ley en ese territorio.
La polémica ganó espacio, además, debido a que los marines traspasaron los límites exigidos formalmente a esas misiones en Centroamérica -sólo entrenar soldados locales y colaborar en la construcción de caminos y escuelas-, y cometieron algunos atropellos contra la población civil.
Pilotos, equipos de comunicaciones e ingenieros de combate integraron ese contingente, que colaboró en la detección y monitoreo aéreo, así como en asesorías directas a tropas policiales y militares guatemaltecas, de acuerdo con la revista estadounidense.
Como entonces, voces vinculadas a los movimientos sociales expresaron su preocupación por lo que ven como acciones de Estados Unidos para reafirmar su control sobre Centroamérica, más ante el afianzamiento del sandinismo y del farabundismo en Nicaragua y El Salvador, de manera respectiva.

ESTRATEGIA DE LARGA DATA
El Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas (Copinh) denunció en 2013 que Estados Unidos mantenía seis bases militares en Honduras, aunque Palmerola continuaba siendo la más sofisticada.
Para ese bloque civil antimilitarista, Honduras siempre estuvo en el centro de la geopolítica imperial por poseer fronteras terrestres con tres países del área -Guatemala, El Salvador y Nicaragua- y límites en el Atlántico con Belice, Cuba, Jamaica, Gran Caimán, México y Colombia.
Durante las convulsas décadas finales del siglo pasado, esta condición motivó la conversión del territorio en plataforma para intervenciones militares en sus vecinos, con el fin de frenar la revolución sandinista en Nicaragua y a las fuerzas de progreso en El Salvador y Guatemala.
“Estados Unidos prepara en Honduras, a través de maniobras militares casi permanentes, una infraestructura militar complementaria de la base norteamericana en el Canal de Panamá”, alertó en 1984 la revista nicaragüense Envío.
Analistas vinculados a ese medio mostraron en la época la relación de esa estrategia con lo sugerido por expertos estadounidense en los Documentos de Santa Fe, erigidos programa de la política de Estados Unidos hacia América Latina desde que saliera el primero en mayo de 1980 hasta el cuarto, en 2000.
Probablemente, concuerdan, la reconfiguración del mapa político continental en este siglo reforzó la consideración de Honduras como territorio clave en Centroamérica, expresada en esos textos.
No es fortuito que en ese país se conserve Palmerola, una de las bases militares más importantes del istmo, que posee un sistema de control satelital sofisticado capaz de abarcar a manera de lupa toda la región.
La misión tradicional de los marines en esa base es monitorear toda Mesoamérica, pero también al llamado Triángulo Estratégico del Caribe, donde confluyen las Antillas y Cuba, Venezuela y Colombia, esta última cuna del tráfico de drogas que tienen como destino final Estados Unidos.
Téngase en cuenta que esta zona geográfica, pródiga en reservas de hidrocarburos, de agua y otros bienes naturales, igual constituye un puente para el control militar de la región suramericana.
“Siempre se ha utilizado a Honduras como laboratorio para el avance de la ocupación militar, el intervencionismo y la militarización, así como sucedió en los años 80 contra Nicaragua y Centroamérica. Esta vez podría ser contra Venezuela y Cuba”, expresó en declaraciones a La Radio del Sur, la coordinadora del Copinh, Berta Cáceres.

*Periodista de la redacción Centroamérica y Caribe de Prensa Latina.