lunes, 21 de junio de 2010

En público secreto


Entrevista con el escritor cubano Jesús Sama Pacheco

Por RAÚL SAN MIGUEL
El diálogo con el escritor Jesús Sama Pacheco produce una sensación gravitacional. Su imagen pudiera haber inspirado a Cervantes, solo que en este caso su lanza es el verbo, su escudo la memoria y sus escuderos…, son un “ejército” de retaguardia en la avanzada: la familia que ha cultivado durante toda una vida al lado de María Elena, su esposa y fuente de inspiración de su obra.
El poemario En público secreto los amores resultó un libro sorprendente para los lectores habaneros. Usted ha referido que la obra resume el trabajo de muchos años. ¿Cómo la definiría después de tanto tiempo?
El tiempo siempre ha resultado ser el mejor juez en la literatura y, por supuesto, en otros aspectos de la vida. Pienso que un buen aliciente descubrir que mantiene la frescura y el interés del lector después de varias décadas de creada. Siempre estuve seguro de la preferencia del público con relación a ese libro. Recuerdo que en 1991, cuando solo fueron publicadas veinte páginas _dadas las restricciones editoriales de entonces_, algunos lectores, sobre todo mujeres, llamaron a varias emisoras radiales exponiendo que esa era la poesía que debía escribirse en Cuba (Sonríe).
Sé que tal criterio pudo resultar demasiado absoluto y parcializado, pero coincidió con el criterio de personas muy conocedoras del asunto, como el propio editor del cuaderno, el poeta Fermín Carlos Días, editor de aquella primera versión, que apareció en las páginas de el habanero. Cita: “En público secreto los amores, Sama nos da fe de la lealtad con que siempre ha asumido el oficio. Su poesía, sencilla y a la vez profunda, no da cabida a la chabacanería ni a cierto facilismo que pretende hacernos pasar la mala prosa como poesía…”
Tal afirmación se confirma, en 1994, cuando sale a la luz mi segundo poemario: Habitante de la bruma (título que según explica le retrata) y donde el periodista Ricardo Alonso Venereo expresa: “…quedó gratamente sorprendido cuando en 1991 su primer poemario (En público secreto…) se agotó rápidamente en las librerías. Ahora ese éxito se repite (…).




El cuerpo principal, de este libro, lo escribí a finales de la década de los ´70. Se mantuvo, desde entonces, unos doce años totalmente inédito, pese a haber obtenido el Premio Especial en el concurso Premio La Habana, de poesía y narrativa, en 1984. Por suerte, editores como Enrique Pérez Díaz y Amanda Calaña Carbonell lograron rescatar el libro –luego de un olvido de diecinueve años–, y publicar en la Colección Pétalo de la Editorial Gente Nueva.
Después de tantos años, como reza en tu pregunta, mi observación –y disculpa mi total falta de modestia y proverbial sinceridad– es la siguiente: que En público secreto los amores merece una promoción y divulgación todavía mucho más amplia. Estoy satisfecho con el diseño e ilustración de cubierta. Se aprecia el elevado nivel estético, es algo que el texto y el poeta deben agradecer, tal como también agradezco a los lectores y a los colegas que desempolvaron aquellas veinte páginas en 1991.
Pero, pese a las décadas transcurridas, es un libro muy joven. Espero que lo lean mis bisnietos y tataranietos en nueva ediciones. De no ser así, soportaré desde ultratumba un nuevo olvido, sin lamento, ni arrepentimiento alguno. Escribí lo que quise en él, sin atenerme a ninguna tendencia, moda, censura ni autocensura. Ese es mi criterio y mi satisfacción. Lo demás, que lo digan otros.
¿Cómo recuerda sus primeros pasos en las letras?
Comenzaron –paradójicamente– desde la iletralidad, a mediados de la década del 60, cuando vivía en la Región de Santi Spíritus, a unos cuantos kilómetros de Zaza del Medio, en la finca Pozo Azul, cerca del poblado La Rana. Realizaba labores como aprendiz de veguero, tractorista, operador de turbina… Allí comencé a escribir lo que entonces creí eran espinelas.
Después regreso a Mariel. Allí y en otros municipios de Pinar del Río –en los que trabajé como operario de la construcción, ayudante de mecánico, etc.–, escribí algunos poemas en versos blancos, cuartetas, pequeñas obrillas de teatro, algo de literatura infantil y narrativa, todo con una calidad infamen. Más tarde, a comienzos de la década de 1970, me integro al Movimiento de Artistas Aficionados a través de los talleres literarios.
De aquellos primeros tiempos guardo buenos y malos recuerdos. Sobre todo, los relacionados con la primera ocasión en que participé en un concurso literario. Creo que fue en 1971. Luego de los jurados declarar los premios, en los que no aparecía
ni por casualidad –algo muy justo, porque no los merecía–, fui a ver a algunos de ellos con la finalidad de obtener algún criterio sobre las obras que había presentado. Ignacio Gutiérrez, que había integrado el jurado de teatro, me recibió como el caballero que siempre fue. Me regaló revistas relacionadas con el género, me invitó a ver los ensayos y la primera puesta de una magnífica obra del Grupo Rita Montaner, del que era asesor, en la sala El sótano. En fin, me dio la atención que todo novato necesita en circunstancias semejantes.
Por esos días, con iguales propósitos, también visité a cierto personaje del que –parrafeando a Cervantes– no quiero acordarme, en el Palacio del Segundo Cabo. El innominado e histriónico poeta, luego de presentarme y comunicarle mi interés al visitarlo, abandonó su silla giratoria detrás de un majestuoso buró y dirigiéndose a todos los presentes en el inmenso salón, con los brazos en jarra, vociferó: Miren, tengo ante mí a un gran prospecto de la poesía cubana... Y sin más, buscó mi cuaderno entre un montón de papeles, rigurosamente organizados sobre su escritorio, y me lo entregó. Demás está decir, que mi primer impulso fue lanzarle el cuaderno en pleno rostro. Pero algo mucho más fuerte que la ira me contuvo. Di media vuelta y me marché, ante un coro de miradas, cómplices y compasivas al mismo tiempo, incapaces de tomar partido.
Irónicamente, no me dediqué a la dramaturgia. Pero, como expresara el poeta español Miguel Hernández: aún respiro y escribo versos. La burla de aquel individuo, por esa magia que tiene la vida, se trasmutó en musa.

¿Cómo recuerda su infancia?
Mi infancia fue como la de casi todos los niños cubanos nacidos durante la década de 1950, o anterior a esa fecha. Estudiaba en una escuela pública y tiraba piedras durante las actividades extraescolares que organizábamos los propios muchachos en el barrio; además de jugar futbol, nadar y hacer maldades, entre otras ocupaciones propias de la edad. En mi casa por esa época no había televisor, refrigerador ni tocadiscos, mucho menos una biblioteca o librero. Pero sí un montón de revistas y algunos libros que leían mi madre y hermanas, que eran tres, todas mayores que yo y mis dos hermanos. A mi abuela materna, la única que conocí, le gustaba cantar décimas y decir poemas mientras hacía la mayoría de los quehaceres del hogar; sobre todo, del poeta mexicano Juan de Dios Peza y del portugués Fernando Pessóa. Mi madre, pese a no tener un alto nivel escolar, era como una especie de diccionario viviente, favorecida por las innumerables lecturas. Mi Padre, aunque, como mi madre y abuela, no había pasado del sexto grado de la enseñanza primaria: conocía sobre muchos temas, era –diciéndolo de algún modo– el erudito de la familia. Sobre sus rodillas escuché las más increíbles aventuras, fábulas y recuerdos de su primera Patria, que la morriña perenne del emigrante no le permitía olvidar. Del único tío que conocí, también por parte de madre, guardo gratos recuerdos. Fue un pintor frustrado por las inclemencias de la época durante su niñez y juventud, que en su caso no fueron pocas; a pesar de todo, era un humorista innato, una especie de narrador oral hogareño.
Como ves, no hay nada extraordinario. Como muchos niños de entonces, nunca tuve mucha suerte con los Reyes Magos, ni con los que vendían ropa y zapatos. Mis padres tenían que vestir y calzar
a tres muchachas; por lo que los varones nos veíamos obligados a turnarnos en el uso de la única muda de ropa decente, que mi madre compraba haciendo malabares pecuniarios.
Limpié zapatos, vendí mangos, aguacates, empanadas… y, a partir de 1959, me integré a las Patrullas Juveniles. Más tarde entré en la Organización de Pioneros, cuando esta se fundó en 1960. También fui grumete en la Academia Naval. Participé en muchos trabajos voluntarios y otras actividades sociales, en correspondencia con la enorme efervescencia revolucionaria de entonces. Durante algún tiempo, tendría entre nueve y diez años, acompañaba a mi hermana mayor a las guardias que hacía en el Banco Municipal y al reparto Cinco Hermanos, donde alfabetizaba a varia personas. Cuando terminé el tercer grado de la primaria, ingresé en la Escuela de Mar Andrés González Lines, ubicada en el reparto Kawama, en Varadero. Hasta allí llegué, como polizón, en un camión que fue a Mariel a recoger, luego de las vacaciones escolares, a un grupo de muchachos que ya estaban becados en la mencionada escuela.

Hace unos días un escritor habanero se refería a la novela como la madurez del escritor que primero hace relatos. ¿Comparte esa opinión?
Imagino intuir a que escritor te refieres. Y me atrevo a opinar que es uno de los mejores narradores del país. Pienso que es un criterio muy personal, según sus experiencias. No creo que lo haya expresado como tesis. Sobre ese tema se han dicho muchas cosas y no todas coincidentes. Hay quienes afirman que pueden escribir mil relatos y nunca una novela. Lo cual coincide de cierta manera con el criterio que me comentas. Otros expresan lo contrario, pueden escribir varias novelas, pero jamás un relato. A veces he pensado que es el género quien escoge a su autor, de acuerdo al tema y determinados misterios o exigencia de la creación en cada caso. Se dice también –y creo que con razón– que la práctica del periodismo es una gran escuela para los narradores y para la creación literaria en sentido general. Se pude constatar que nuestros grades narradores en algún momento ejercieron el periodismo. Y también los grandes poetas. Tienes prácticamente a la vista los ejemplos de José Martí y Nicolás Guillén. Aunque –te aseguro– no soy el más indicado para hablar sobre el asunto. No me creo con créditos suficientes para hacerlo y, por otra parte, respeto mucho el oficio del narrador. Atrevidamente, he escrito algunos relatos. Pero la novela para mí representa un reto aún mayor. No creo mucho en las reglas, menos aún relacionadas con la creación artística y literaria. Pero también es cierto que –si no todos– la mayoría de los novelistas han experimentado primero con el relato. Y no debemos olvidar una máxima filosófica que afirma, con otras palabras, que la práctica sustenta a la verdad.
¿Tienes en proyecto alguna novela?
Siempre he sentido el deseo de escribir una novela. Pero la novela –por suerte para ella– todavía no me ha elegido. Sí un día la escribo, te prometo que serás el primero en enterarte.
La posibilidad de conocer y trabajar durante décadas con escritores reconocidos y noveles, le ha permitido alcanzar un criterio a la hora de expresar su opinión. ¿Cómo define el desarrollo de la literatura en la provincia?
Tu pregunta es abarcadora y me obliga al recuento. Conozco la Provincia desde su fundación. Entonces los únicos escritores habaneros consagrados –que yo recuerde– eran Félix Pita Rodríguez y Raúl Valdés Vivó, instalados ambos en la capital, donde desarrollaban su quehacer literario. Félix visitaba las provincias y municipios del país y se reunía con escritores de todas las edades. Todos los poetas jóvenes de entonces lo adorábamos. No sólo en La Habana, en toda Cuba. También nos visitaban otros escritores y periodistas, como: Adolfo Martí Fuentes, Nicolás Guillén, Enrique de la Osa, Manuel Cofiño, entre otros, que nos trasmitían sus experiencias y alimentaban nuestras esperanzas. Algo muy difícil de lograr esto último, porque en esa época La Habana no contaba ni con un periódico, mucho menos con una editorial.
Desde antes de la década del setenta –aunque entonces yo era pinareño, del Mariel, municipio donde nací– los especialistas del Departamento de Literatura del Consejo Nacional de Cultura (actual Ministerio de Cultura) nos atendían, a través de los asesores literarios conque contaban en las direcciones regionales de cultura. Recuerdo que en 1969 ó 1970, no puedo precisar con exactitud, fue a mi casa Antonio Carriera, por entonces asesor literario de la Dirección Regional de Cultura en Artemisa, para que me integrara al movimiento de talleres literarios. En 1971 emigré para Bauta, que siempre fue habanera; y comencé a visitar la Delegación Provincial del CNC, ubicada en la calle San Lázaro. Desde allí salí en 1975 hacia el Escambray, para participar en el II Encuentro-Debate de los Talleres literarios. En esa fecha ya estaban organizados los talleres literarios en la mayoría de los municipios del país, con excepciones como Mariel, Caimito y otras localidades menos favorecidas, dada la inexistencia de creadores. En Bauta ya existía un buen movimiento de escritores noveles, funcionaban varios talleres literarios asesorados por el poeta Jesús López Ayllón. Uno de ellos aglutinaba a niñas y niños. Dicho asesor lograba desarrollar excelentes debates e impartía cursos y seminarios. El CNC había publicado unos cuadernos de preceptiva muy adecuados para tal empeño. Además de los ya mencionados, recibimos en varias ocasiones las visitas de Georgina Herrera, Jesús Orta Ruiz (Naborí), Onelio Jorge Cardoso, Fayad Jamís, Waldo González, Sigilfredo Álvarez Conesa y Waldo Leyva, entre otros. Y también de Norberto Codina, que luego de la división política administrativa de 1976 pasó a ser nuestro asesor en la Dirección Provincial de Cultura.
En esa época el único aliciente para los escritores de la provincia era participar en los encuentros-debate, que contaban con seis fases –municipal, regional, territorial, provincial, interprovincial y nacional– y publicar en algún boletín municipal, la mayoría de las veces hechos en mimeógrafos. A nivel provincial se lograron publicar dos antologías: una de poesía y otra de narrativa. En Madruga, alrededor de 1978, se comenzó a editar el tabloide Juventud, que resultó ser una publicación de lujo para los escritores habaneros de entonces; pero duró muy poco tiempo. El desamparo editorial fue abrumador hasta principios de la década de 1990, en que surgió la Casa del Escritor Habanero y con el apoyo brindado por el Estado se lograron editar los primeros cincuenta cuadernos, con pocas páginas y tiradas limitadas, en la colección La Puerta de Papel, que constituyó un enorme avance para la promoción y difusión de la obra literaria y sus autores en momentos de grandes dificultades económicas en el país. Los títulos de esa etapa se imprimieron, al inicio, en las ya desgastadas imprentas de la Empresa de Comercio, en los municipios de Güira, San Antonio y San José. Después se realizaban las confecciones de los cuadernos en Cuba y Sol, Bohemia y otros talleres ubicados en Ciudad de la Habana, en impresión directa, con una tecnología casi obsoleta y vicisitudes que harían larga la relación. Ya a finales de 1980 se había fundado el periódico el habanero, que –haciendo justicia– desde sus inicios fue un buen aliciente para los escritores y artistas, y para la Cultura de nuestra provincia, en sentido general.
Ya para ese entonces, existían en nuestras localidades un grupo de escritores capaces de exhibir su talento con libros que obtenían lauros en eventos nacionales. Algunos de ellos ya habían publicado textos fuera del perímetro habanero. Entre esos pioneros que emprendieron el camino a la zaga de Félix Pita y Raúl Valdés Vivó, puedo mencionarte a Francisco Pérez Guzmán, Alberto Rodríguez Tosca, Ángel Zuazo y Omar Felipe Mauri, entre otros posibles a relacionar. En 1975 Marcelo Cruz, bautense, obtuvo el Segundo Premio en Décima del Encuentro-Debate Nacional de ese año. Ariel Miranda, de Caimito, alcanzó el Primer Premio en Poesía, en el mismo evento, en 1983. En esa década Mauri había obtenido premio en el Concurso Nacional 13 de Marzo y Alberto Rodríguez Tosca era reconocido entre los Novísimos –importante grupo en el que también fueron reconocidos a inicios de los 90 Reinaldo Medina y otros habaneros–, Pérez Guzmán ya era todo un consagrado, y con ellos y otros escritores que le seguían los pasos a ese grupo, se crea en 1988 la Asociación de Escritores de la UNEAC en La Habana. Ese hecho marcó un paso importante. Pudiera decirse que se comenzaba a alcanzar mayoría de edad en cuanto al desarrollo literario en la Provincia.
A partir de 1990, con las ediciones de la Puerta de Papel, lograron publicar por primera vez un grupo de escritores que ya evidenciaban cierta madurez en el oficio. Tales, como Felicia Hernández Lorenzo, Fermín Carlos Díaz, Roberto Zurbano, Ricardo Ortega, Rolando Jorge, José Lucas Rodríguez Alcorta y muchos otros, hasta llegar a una cifra considerable. Por esa fecha se publicaron por primera vez textos de Angelito Valiente y otros decimistas, en cuerpo de libro. El de Angelito se tituló Archivos del aire, contentivo de una controversia con Naborí considerada joya emblemática del repentismo. La Habana siempre ha contado con importantes cultores de la espinela, y era la primera vez que se llevaba a cabo una labor de tal magnitud e importancia a favor de esa manifestación y sus creadores.
Alrededor del 2000 llegó la Riso. La Puerta de Papel se transformó en la actual Editorial Unicornio. A partir de entonces comenzó una época de gloria para todos los escritores en la Provincia, incluyendo a los más jóvenes. No puedo decirte con exactitud cuantos libros se han publicado en los últimos diez años, pero deben sobrepasar los 250 ó 300 títulos. Te puedo asegurar que el desarrollo de la literatura en la Provincia ha sido constante. Contra viento y marea en algunos aspectos, como es el de intentar –o lograr, en algunos casos– insertarnos en las editoriales nacionales, y habernos mantenido escribiendo en el pasado durante tantos años sin posibilidades de publicar. Estos escollos los sufrimos muchos, prácticamente todos los que en la actualidad peinamos algunas canas. Al respecto, se puede tener un criterio u otro. Pero de que existe un talento enorme y de que La Habana aglutina ya a un grupo de escritores importantes, eso nadie lo puede negar. De cuando yo fui miembro de la AHS –entonces Brigada Hermanos Saíz– a la fecha, el salto ha sido enorme. Hoy la Asociación de Escritores de la UNEAC en la Provincia cuenta con 19 miembros, la AHS con 26, la Dirección Provincial de Cultura, a través de las casas de cultura de los municipios y sus asesores literarios, atienden a más de cien escritores.
De esta última cifra, debo referirme a un grupo que por diversas razones, que no vienen al caso analizar aquí, no pertenecen a la UNEAC, pero cuentan con una obra de cierto valor, entre los que se encuentran: Juan Carlos García Guridi, Encarnación de Armas, Juan Carlos Garrote, Elizabet Álvarez, Esther Trujillo, Antonio Castro, Osvaldo de la Caridad Padrón, Ernesto Ernesto, Gisela Rizo, Evasio Pérez, Armando Land, Luis Rafael Hernández, Orestes Espinosa (miembro de la UNEAC por Artes Plásticas) y otros, que harían la nómina demasiado extensa. (En el último y reciente crecimiento ingresó el dramaturgo Juan José Jordán). También, con cierto aval en su obra y posibilidades de mostrar mayor desempeño, tenemos autores como: Nuris Quintero, Evaristo Hernández, Tomás Delfín, Yorqueidy Acosta, Dania Brito, Teresa Medina, Ernesto Fregel y muchos otros que ya han publicado sus primeros libros y contribuyen al fomento del acervo literario en los diecinueve municipios habaneros. A eso se puede agregar el importante trabajo literario realizado por una nueva hornada de historiadores y periodistas entre ellos: Maritza Vega Ortíz, quien alcanzó el Premio de relato en el reciente concurso Vicentina Antuña, de su natal Güines. El poeta, escritor y periodista ariguanabense, toda una autoridad literaria, Sandalio Camblor, con su Catedral… Y no se trata sólo de cantidad, lo cual, si no se atiende bien, puede empobrecer el nivel alcanzado. La calidad actual de la literatura en La Habana, si observamos las obras de sus más connotados creadores, independientemente a la edad, es digna de tenerse en cuenta. Nombres como los de Ricardo Alberto Pérez, Carmen Suárez, Roberto Zurbano, Francisco García González, Reinaldo Medina, Miguel Terry Valdespino, Carlos Jesús Cabrera, José Antonio Martínez Coronel, Felicia Hernández, Andrea García, Marilú Rodríguez Castañeda, Raúl Hernández Ortega, María de los Ángeles Meriño, Aisnara Perera, Yazmín Sierra, Juan Carlos Pérez, Eric Pérez, Luis Carmona, entre los ya mencionados. Por supuesto, la lista es mucho más amplia, pero se hacen (estas referencias) ya imprescindibles a la hora de acometerse un balance sobre la literatura en la Provincia.
Incluso, algunos de ellos, no deben faltar en un estudio de la literatura cubana contemporánea. También están aquellos que, por diversas razones, residen en el extranjero como Juan Carlos Vals, Emilio Ichicawa, Antonio Galo Carvajal y Juan González, por sólo poner cuatro ejemplos. Entre los más jóvenes hay escritores como Polina Martínez, Raúl Hernández Pérez, Mireisy García Roja, Yanelys Encinosa, Sucet Vázquez, Josué Pérez, Miriam Hernández, Mario Castillo y Osdany Morales, entre otros que no logro recordar con nombres y apellidos, y que poseen una obra laureada en importantes eventos. También debemos tener presentes a José Antonio Michelena, Ernesto Sierra, Zurelys López –de reciente ingreso a la UNEAC por Ciudad de la Habana–,entre otros habaneros que han desarrollado la mayor parte de su trabajo como escritores en la capital, donde residen desde hace varias décadas.
Como bien dices, he conocido a escritores de distintas generaciones. Y no sólo de Cuba, también de muchos países que participan en el Festival Internacional de Poesía y en otros encuentros donde he participado a lo largo de muchos años, lo que me ayuda a tener una idea sobre el estado de la literatura en La Habana. Creo que donde más débiles estamos es en el ensayo. Algunos escritores, como es el caso de Orlando Chávez Pérez, han hecho algo al respecto. Pero nos faltan los grandes teóricos o –al menos– panoramas capaces de abarcar los diversos géneros, así como ensayos críticos que le hagan verdadera justicia al desarrollo y actualidad de la literatura creada por nuestros escritores, con estudios mucho más amplios, más abarcadores. Y en tal sentido, también pienso en las artes y la cultura de manera general.
En la actualidad, reconocidos autores nacidos en otras provincias mantienen un vínculo con las instituciones y escritores del patio, como: Roberto Manzano Díaz, Emilio Comas Pared, Enrique Pérez Díaz, Edel Morales, Alberto Guerra, Waldo González, Mayra Hernández, Alberto Garrido y Félix Julio Alfonso López, entre otros que inciden de diversas maneras en el desarrollo actual de la literatura en La Habana.
Por último –y pido disculpa a todos aquellos que la memoria o el espacio de una entrevista no me ha permitido mencionar–, creo que estamos en un momento crucial, en el que la política editorial en la Provincia debe tomar nuevos rumbos. Pienso que la Editorial Unicornio y todos los implicados en el asunto debemos ser capaces de perfeccionar esa política. Sin embargo, siguen existiendo obstáculos que solos no podemos derribar. Está el caso de la revista Habáname que no cuenta con presupuesto, según tengo entendido, y va dejando un vacío que los libros y el periódico no pueden llenar. Pero también existen problemas subjetivos, falta de cohesión y mejor proyección por parte de las entidades responsables de la promoción y difusión de las obras, que no es sólo responsabilidad del Centro Provincial del Libro y la Literatura, ni de las demás instituciones que aglutinan a los creadores. El ulterior desarrollo de la literatura en la Provincia no depende sólo de escritores, editores y estudiosos del tema, entre otros muy cercanos al fenómeno; depende también de recursos y voluntades que deben confluir en algún punto. Si lo alcanzado me atrevo a considerarlo de enorme, también me atrevo a alertar sobre los peligros de la inercia y el retroceso; si no se toman las previsiones necesarias y se tiene en cuenta la máxima que reza: no sólo de pan vive el hombre.


¿Cuál es la tendencia de la literatura que se escribe actualmente?

La literatura, como las artes, es también moda. Obedece a cambios y transformaciones que ocurren en cada época. En la actualidad, como en el vestir, coexisten en la literatura varias tendencias. Pero creo que la principal, la que abarca de una manera u otra casi toda la producción literaria es la de un discurso más controversial y franco. Nuestros escritores, sean poetas, narradores o dramaturgos, sin exclusión de géneros, dicen en la actualidad lo que piensan, no se autocensuran. No quiero decir con esto que siempre se tenga la razón y que no existan textos de una superficialidad y un anhelo de protagonismo pasmosos, que de alguna manera le restan encanto o vitalidad a determinadas obras. Entre las tendencias de la poesía, amén de lo ya dicho sobre el contenido, está la de romper con la rigidez de las formas clásicas, como en los casos de la décima y el soneto. También se practica la poesía visual, algo que sabemos no es nada nuevo. Entre los narradores está en boga el llamado texto sucio y la modificación o irrespeto de patrones formales, entre otras novedades –no tan novedosas–. Hay que ir al Quijote, al Decamerón, a Las mil y una noche y otras reconocidas hoy como obras clásicas, para percatarnos de que toda moda se mueve en círculo. En el caso de la literatura escrita para los más pequeños, reaparecen hadas, brujas y duendes; aunque de manera distinta a otras épocas y siglos, pero, hadas, brujas y duendes, al fin, transformados en personajes mucho más simpático e inteligentes que los anteriores. Como se observa, la tendencia más generalizada no está en el continente, sino en el contenido de la literatura. Hoy los autores vierten más desde su interior, desde el ámbito de la espiritualidad y la existencia del individuo, desde su más profunda intimidad, sin recrear demasiado lo externo o cuestionarlo desde una cosmovisión que a veces tiende a tocar los extremos. Creo que un hombre vestido con un buen traje siempre será elegante. Lo mismo sucede en la literatura y en las artes. Una obra de calidad, genuina, trascenderá siempre épocas y modas. Eso es lo que creo y lo que vislumbro.

¿Cómo es un día de trabajo para Sama?

No soy un escritor a tiempo completo. Además, como cualquier ser humano, tengo deberes y obligaciones que cumplir fuera del ámbito literario. Defiendo mi espacio para la creación hasta donde es posible. Pero todo el que me conoce bien sabe que priorizo, ante todo, la atención a la familia. Por lo tanto, un día de trabajo para mí –si te refieres, como es lógico, al quehacer literario– puede ser un día de placer o de tormentos. A veces he perdido ideas que creía buenas, por darle prioridad a otros asuntos o atender obligaciones insoslayables. Otras, he logrado sumergirme de lleno en la confección de un texto, la revisión de un libro o alguna lectura imprescindible. Pero siempre de manera eventual, sintiendo a veces pasar el tiempo inescrupulosamente, indolente, cruel, sin piedad alguna por el escritor. Entonces la literatura se convierte en mito, en una especie de ensoñación que debe esperar para ser atendida.
Leo mucho en los ómnibus y camiones, cuando me traslado de un lugar a otro de la provincia, o en mi casa durante algunas noches en que no interfieren otras necesidades impostergables. Escribo en cualquier lugar, hasta en la ducha. Últimamente, lo hago directamente en la computadora. Pero en el caso de la poesía, parece que las musas rechazan toda tecnología. Les gusta sorprenderme en cualquier momento y en los lugares más insospechados. Porque la poesía no brota del consciente, como otros géneros, se forma en estado latente en el subconsciente y cuando brota, es un flechazo de luz que no regresa luego que alumbra el instante. Así que, en resumen, un día de trabajo puede ser fructífero o agónico. Sobre todo, agónico. Ya que muchas veces, entre la literatura y otros asuntos, debo escoger lo más práctico para vivir y que vivan los que me rodean. Escribir en épocas difíciles es un lujo y una necesidad al mismo tiempo. Pero, si analizamos la vida de muchos de los que nos han precedido, pienso que los tiempos siempre han sido difíciles para la mayoría de los escritores.
Nuestro dilema es que debemos hacer incontables esfuerzos para sobrevivir, doblemente: como ser humano y como escritor. Puedes imaginarte, por tanto, que es un día de trabajo para mí. Lo mismo que para ti. Para el otro... Sólo tienes que mirarte al espejo.

¿Cuáles son las prioridades consideradas esenciales en su vida y en su trabajo?

Comencemos por lo último. Para mí el trabajo –refiriéndome a lo que hago fuera de la creación literaria– es una obligación social, una necesidad del ser humano, que se comporta de diferentes modos en cada individuo, sociedad y épocas. La literatura, aun hablando de labores, es un placer. Me refiero a los momentos en que puedo ejercerla plenamente. La vida lo encierra todo. Para mí lo esencial es la familia. En la literatura, ingenuamente, creemos dejar una huella más duradera. Lo principal en el campo de la creación –sea literaria o no–, así como en cualquier aspecto de la vida, es ser sincero con uno mismo, no dejarse arrastrar por ninguna corriente, saber perdonar, comprender las miserias humanas; sin asumir posiciones ni concesiones deshonestas. Como poeta, siento que estoy cumpliendo con esa máxima. Como hombre, también. Ese es el legado que dejaré a los míos y a todos los que, de una manera u otra, estimen mi obra literaria y humana. Que son para mí, por poca o mucha importancia que le puedan reconocer, inseparables.

¿Pudiera describirme un momento de su vida como escritor?

Todas las personas no tienen los mismos puntos de vista con relación a lo que se pueda considerar importante. Para mí lo importante en este camino le ocurre a los grandes escritores, a esos que se tornan símbolo, adalid, verbo de pueblos y naciones, a los que debemos reverenciar siempre. Para algunos escritores, sobre todo los más jóvenes, ganar un premio o publicar un libro es muy importante. Pero cuando ya adquieres la experiencia que dan los años y has visto más de lo que te mostraron las propias vivencias, tu apreciación sobre ese asunto varía. Aprovecho para, y ¿por qué no?, mencionar el trabajo literario de mi entrevistador, Raúl San Miguel, quien espera la versión radial de una de las tres novelas que ya tiene escritas.
Lo esencial está en no hacer cosas de las que después tengas que arrepentirte. Si tu pregunta tiene alguna relación con el hecho de haber participado en el último Congreso de la UNEAC, presentar un libro en la sede principal de la Feria Internacional del libro, publicar en alguna editorial nacional o haber ganado algún premio, entre otros acontecimientos que a veces se consideran de cierta importancia, te diré que, dada la cifra de los que tienen vivencias semejantes, para mi son hechos comunes, buenos, pero que no le ocurre a muchos escritores.
Entre los momentos que considero interesantes en mi vida como escritor –no creo que lleguen a la categoría de importantes–, te relacionaré algunos que me satisfacen y que siempre recordaré. Por ejemplo: el día que el entonces joven poeta, ya fallecido, Eduardo Alonso Venereo (Waldi), me dijo de memoria varios de mis poemas del libro Habitante de la bruma. Ver debajo de un cristal en el buró donde trabajaba una especialista de proyectos culturales: mi poema Prisa, del libro En púbico secreto los amores. Que Anisley, una bailarina de veintiséis años que vive en Guanabacoa, tenga escrito con creyón labial en el espejo de su cuarto uno de mis poemas. En la reciente Feria del Libro, en la Cabaña, un poeta, no tan joven, al que también admiro como ser humano, me escribió en la dedicatoria de su libro: Para Jesús Sama, el dueño de los versos que terminan en voz viva. Sinceramente… Y esa sinceridad la pude apreciar en su rostro. Esas son las cosas que considero, al menos, interesantes, dignas de tener en cuenta en mis aspiraciones como escritor. También está la primera vez que escuché a un niño declamar un poema mío. Instante de mucha emoción. Sin duda, algo que te llega al corazón, sube al lagrimal y te deja sin palabras. Luego esas mismas palabras ahogadas, brotan hasta la superficie convertidas en luciérnagas y dan vida a nuevos poemas, demostrándote así el verdadero valor de los acontecimientos.
Y no es que pretenda subliminal el asunto o menospreciar otras experiencias. Pero, en realidad, no creo haber hecho nada de gran envergadura, ni veo momento alguno importante en mi vida como escritor. Si me pudiera envanecer de algo, es, precisamente, de no envanecerme por nada. Ese es mi punto de vista, mi retrato al desnudo. Si te digo otra cosa, no sería justamente Sama el que te estaría respondiendo. Y me gusta ser Sama, hasta en los peores momentos.

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